El renombrado autor Michael Pollan, mejor conocido por sus exploraciones de alimentos, plantas y estados mentales alterados, centra su atención en uno de los misterios más perdurables de la humanidad: la conciencia. En su nuevo trabajo, A World Appears, Pollan no ofrece respuestas fáciles; en cambio, traza un viaje a través de la ciencia de vanguardia, los debates filosóficos e incluso las ideas psicodélicas que rodean este enigmático fenómeno. Pollan admite con franqueza que la búsqueda le deja sabiendo menos al final que cuando empezó, un testimonio de la complejidad del tema.
Definiendo lo indefinible
En esencia, la conciencia es simplemente experiencia subjetiva : “lo que se siente” al ser algo. Los humanos poseen esto; las tostadoras no. El filósofo Thomas Nagel preguntó cómo sería ser un murciélago, destacando que incluso seres muy diferentes probablemente experimenten algo. Pollan sostiene que la conciencia no reside únicamente en la corteza cerebral, sino que comienza con sentimientos básicos como el hambre o el malestar, que se originan en el propio tronco del encéfalo. Esto sugiere que la conciencia está fundamentalmente ligada a tener un cuerpo, uno lo suficientemente vulnerable como para experimentar sensaciones.
Los límites de la ciencia tradicional
El método científico, diseñado para la objetividad, lucha por captar algo tan inherentemente subjetivo. La decisión de Galileo de dejar la experiencia cualitativa a la iglesia no fue un rechazo de ella, sino un reconocimiento pragmático de que las herramientas actuales no estaban equipadas para estudiarla. El problema no es sólo la medición; es el marco mismo de la investigación. La ciencia en sí es un producto de la conciencia humana y determina las preguntas que se hacen y cómo se responden.
Algunos investigadores proponen nuevos enfoques, como la Teoría de la Información Integrada, que comienza con la experiencia subjetiva y busca estructuras que la creen. Pollan se muestra escéptico pero reconoce la necesidad de incorporar perspectivas en primera persona al estudio de la conciencia.
¿La sensibilidad de las plantas?
Pollan explora el sorprendente mundo de la biología vegetal, donde los hallazgos sugieren que las plantas poseen formas de conciencia. Si bien no son necesariamente conscientes en el sentido humano, las plantas exhiben sensibilidad: la capacidad de sentir su entorno y reaccionar en consecuencia. Navegan por laberintos, liberan toxinas cuando son atacados, se comunican con las plantas vecinas e incluso responden a los anestésicos de maneras que reflejan las respuestas de los animales. Esto plantea preguntas provocativas sobre los límites de la conciencia y si la conciencia está más extendida en el mundo natural de lo que se suponía anteriormente.
La IA y la ilusión del sentimiento
Es poco probable que la inteligencia artificial, al menos en su forma actual, alcance una verdadera conciencia. Las computadoras pueden simular el pensamiento, pero carecen de la dimensión cualitativa del sentimiento genuino, que tiene sus raíces en una existencia vulnerable y encarnada. Los intentos de crear una IA vulnerable (como añadir piel que se pueda desgarrar con sensores) siguen siendo especulativos, e incluso los creadores no están seguros de si tales esfuerzos producirán una experiencia real.
Los psicodélicos como lente de la realidad
Las experiencias psicodélicas han influido profundamente en el pensamiento de Pollan. Estos estados alterados disuelven los filtros habituales de percepción, revelando que la conciencia media nuestra experiencia del mundo. Científicos como Christof Koch, inicialmente escépticos, han tenido experiencias transformadoras con psicodélicos, cuestionando la visión de la conciencia centrada en el cerebro. Pollan trata estas ideas como hipótesis y busca su validación por otros medios.
El valor de la incertidumbre
La búsqueda de la conciencia no se trata de encontrar una respuesta definitiva sino del viaje mismo. Pollan reconoce la frustración de perseguir un problema sin solución, pero en última instancia acepta el valor de la incertidumbre. Concluye que la conciencia misma está bajo asedio, erosionada por la sobreestimulación, la vigilancia y la entrega del pensamiento privado a las corporaciones. El verdadero valor radica en defender este espacio interior, volviéndose más consciente en el camino.
La búsqueda de comprender la conciencia no se trata de llegar a un destino; se trata de cultivar una apreciación más profunda de la complejidad de nuestras propias mentes. Y en una era en la que nuestra atención se mercantiliza implacablemente, defender ese espacio interior es más urgente que nunca.

























