Durante milenios, los humanos se han visto obligados a explorar, migrar y establecerse en lugares alejados de sus orígenes. Una nueva investigación sugiere que esto no es únicamente una cuestión de circunstancias: está parcialmente codificado en nuestro ADN. Un estudio genético a gran escala revela que la predisposición a la migración de larga distancia está relacionada con genes específicos del desarrollo del cerebro, lo que se hace eco de patrones encontrados tanto en poblaciones modernas como en genomas humanos antiguos que se remontan a 10.000 años.
La base biológica del movimiento
Los investigadores analizaron datos genéticos de más de 250.000 personas en el Reino Unido, correlacionando la distancia recorrida desde el lugar de nacimiento con variaciones en sus genomas. Descubrieron que quienes migraron más lejos compartían variantes genéticas asociadas con neuronas excitadoras, células cerebrales fundamentales para el aprendizaje, la planificación y la evaluación de riesgos. Estas diferencias genéticas representaron alrededor del 5% del comportamiento migratorio, una señal estadísticamente significativa incluso después de controlar la educación y la salud. Esto sugiere que el “picazón por moverse” no se trata sólo de oportunidades o bienestar; tiene raíces biológicas.
Ecos antiguos: la movilidad en el pasado
El estudio no se detuvo en las poblaciones modernas. Al examinar el ADN antiguo de más de 1.300 individuos que datan de hace 10.000 años, el equipo descubrió que los mismos genes relacionados con la migración predecían hasta qué punto se desplazaban las personas en el pasado, medido por la distancia entre sus lugares de nacimiento y sus lugares de entierro inferidos. Esto indica que el impulso de explorar ha sido una parte de larga data de la evolución humana, y los genes que favorecen la movilidad se han vuelto más comunes con el tiempo a medida que los humanos se expanden a nuevos entornos.
Implicaciones económicas: una fuerza laboral móvil impulsa el crecimiento
Un análisis de datos estadounidenses sugiere que estas tendencias genéticas pueden incluso moldear las fortunas económicas regionales. Los condados con proporciones más altas de residentes portadores de genes vinculados a la migración tendieron a experimentar un crecimiento de ingresos más rápido, posiblemente porque las personas móviles aportan nuevas habilidades, ideas y una voluntad de asumir riesgos.
“Hay algo en nuestro genoma que influye en nuestra decisión de desplazarnos”, confirma Ivan Kuznetsov, genetista conductual de la Universidad de Tartu, subrayando el componente biológico de la migración humana.
Los hallazgos resaltan un aspecto fundamental del comportamiento humano: un impulso biológico profundamente arraigado para explorar y reubicarse. Si bien la influencia genética es pequeña, es consistente, lo que sugiere que la pasión por los viajes no es sólo un fenómeno cultural sino un legado evolutivo. Esto refuerza la idea de que nuestra especie siempre ha estado predispuesta a moverse, adaptarse y buscar nuevos horizontes.
























