La cantidad de ácido trifluoroacético (TFA), un “químico permanente” potencialmente dañino, se ha triplicado a nivel mundial en las últimas dos décadas debido a la adopción generalizada de refrigerantes diseñados para proteger la capa de ozono. Si bien estos reemplazos tenían como objetivo abordar una crisis ambiental, están creando otra: los TFA se acumulan en el medio ambiente durante décadas o siglos, y los efectos a largo plazo sobre la salud humana y de los ecosistemas siguen siendo en gran medida desconocidos.
Las consecuencias inesperadas de la recuperación del ozono
En 1989, el mundo prohibió los clorofluorocarbonos (CFC), sustancias químicas que se encuentran en refrigeradores, aerosoles y otros productos, después de descubrir que estaban agotando la capa de ozono. Estos fueron reemplazados por hidrofluorocarbonos (HFC), que, si bien son más seguros para el ozono, se descomponen en TFA en la atmósfera. Ahora, incluso estos HFC se están eliminando progresivamente en favor de las hidrofluoroolefinas (HFO). Sin embargo, los HFO se descomponen a un ritmo mucho más rápido en TFA, y el HFO-1234yf genera diez veces más TFA que los HFC que reemplazan.
Esta no es una preocupación futura. Las mediciones atmosféricas muestran que la deposición de TFA ha aumentado de 6.800 toneladas anuales en 2000 a 21.800 toneladas en 2022, y se espera que esta tendencia se acelere. La sustancia química ya ha sido detectada en altas concentraciones en la sangre del 90% de la población en China, relacionada con la contaminación industrial y los climas húmedos.
Toxicidad y persistencia ambiental
Los impactos exactos del TFA en la salud aún no están claros, pero los estudios muestran que puede causar deformidades en el desarrollo (como defectos oculares en fetos de conejos). La Unión Europea lo clasifica como nocivo para la vida acuática y está considerando si también plantea riesgos reproductivos para los humanos. Una vez liberado, el TFA no desaparece; se acumula en el suelo, el agua superficial y, finalmente, en los sedimentos del fondo del océano.
La búsqueda de alternativas
La situación exige una reevaluación de las opciones de refrigerantes. Si bien la eliminación gradual de los CFC y los HFC es esencial, adoptar ciegamente sustitutos sin una comprensión plena es contraproducente. Los refrigerantes naturales como el amoníaco y el dióxido de carbono ofrecen alternativas viables: el amoníaco ya enfría procesos industriales y almacenes, mientras que el CO2 tiene un bajo impacto ambiental.
Un llamado a la acción inmediata
El aumento de los niveles de TFA no es irreversible. Si se detienen las emisiones de HFO, la producción de TFA podría disminuir drásticamente debido a su rápida descomposición en la atmósfera. Sin embargo, el ciclo de consecuencias no deseadas debe romperse mediante una investigación rigurosa de alternativas y una regulación transparente. Los propios esfuerzos de la UE para prohibir los “productos químicos permanentes” se han visto socavados por la contratación de consultores vinculados a fabricantes de productos químicos, lo que destaca la necesidad de una evaluación científica independiente.
“Necesitamos analizar seriamente si existen mejores alternativas al HFO-1234yf. El TFA ha aumentado y seguirá aumentando… Ahora se encuentra en todo tipo de productos alimenticios en los que nunca antes se encontraba. Está en todas partes”. – Lucy Carpenter, Universidad de York.
El aumento de los AGT demuestra una lección crucial: las soluciones ambientales deben considerar el ciclo de vida completo de los productos químicos, no sólo sus beneficios inmediatos. Ignorar las posibles consecuencias a largo plazo corre el riesgo de cambiar una crisis por otra.

























