Cuarenta años después de la catastrófica pérdida del transbordador espacial Challenger y su tripulación, los vuelos espaciales tripulados siguen siendo una tarea de alto riesgo, lejos de la rutina que algunos alguna vez imaginaron. La tragedia del 28 de enero de 1986 –cuando el Challenger se desintegró 73 segundos después del despegue– expuso las brutales realidades de traspasar los límites tecnológicos y la necesidad crítica de una vigilancia continua. El evento cambió fundamentalmente la forma en que la NASA y la industria espacial abordan la seguridad, pero no eliminó el riesgo.
Un legado de pérdida
El desastre del Challenger, que se cobró la vida de siete astronautas, entre ellos la profesora Christa McAuliffe, no fue un incidente aislado. Diecisiete años después, el transbordador espacial Columbia se rompió durante su reingreso el 1 de febrero de 2003, matando a otras siete personas. Estas dos tragedias –junto con desastres anteriores como el incendio de la plataforma de lanzamiento del Apolo 1 (1967), el accidente de la Soyuz 1 (1967) y el fallo de despresurización de la Soyuz 11 (1971)– subrayan una dura verdad: los vuelos espaciales son intrínsecamente peligrosos.
Como recuerda el historiador Ron Doel, testigo del lanzamiento del Challenger, el impacto fue visceral. Observó desde el Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA cómo se desarrollaba la tragedia, yuxtapuesta a la emoción del sobrevuelo de Urano de la Voyager 2. El incidente obligó a tomar en cuenta la complacencia y las deficiencias técnicas, que culminaron en el informe de la Comisión Rogers, que afirmaba sin rodeos que la decisión de lanzar el Challenger era “defectuosa”.
Llamadas cercanas y desafíos modernos
Incluso en la era de los vuelos espaciales comerciales, los accidentes persisten. El astronauta europeo Luca Parmitano experimentó una fuga de agua en su traje espacial durante una caminata espacial en 2013, mientras que los impactos de escombros han dañado repetidamente naves espaciales, incluidas la Soyuz MS-22 de Rusia y la Shenzhou 20 de China.
Hoy en día, la cadencia de lanzamiento es drásticamente mayor. Los cohetes se lanzan cada pocos días, lo que aumenta la presión sobre los protocolos de seguridad. Si bien la NASA enfatiza las pruebas rigurosas y las “lecciones aprendidas”, la complejidad de los sistemas modernos significa que algunas fallas son inevitables. Como dice Pauline Barmby, física de la Western University: “Hay una enorme cantidad de pruebas, pero hay cosas que no se pueden probar… sólo verás lo que sucede una vez que estés realmente en el espacio”.
El auge de los vuelos espaciales privados y las nuevas vulnerabilidades
El aumento de las empresas espaciales privadas (SpaceX, Blue Origin, Boeing y Virgin Galactic) ha amplificado tanto las oportunidades como los riesgos. Blue Origin ha experimentado dos fallas en vehículos (sin tripulación), Virgin Galactic sufrió la muerte de un piloto en 2014 e incluso SpaceX ha experimentado problemas ocasionales en lanzamientos o aterrizajes. La gran dependencia de una sola empresa, como SpaceX, genera preocupaciones sobre la vulnerabilidad sistémica.
La cápsula Starliner de Boeing enfrentó problemas importantes durante su misión inaugural de prueba tripulada en 2024, lo que obligó a la NASA a traer de regreso a los astronautas a través de una cápsula SpaceX Crew Dragon después de una estadía prolongada en la ISS. Los dos vuelos de prueba anteriores sin tripulación de Starliner también tuvieron problemas.
Una cultura de precaución, pero incertidumbre inevitable
La industria opera bajo un intenso escrutinio, y los funcionarios de la NASA enfatizan la toma de decisiones meticulosa para las misiones tripuladas. Como afirmó Jeff Radigan, director principal de vuelo de Artemis 2 de la NASA, en una conferencia de prensa reciente: “Podemos encontrarnos con un problema y lo último que queremos hacer es tomar una decisión demasiado pronto y luego perder una oportunidad”.
El consejo del astronauta retirado Chris Hadfield resume esta mentalidad: “Tu primer trabajo es no empeorar las cosas”. La realidad es que los vuelos espaciales exigen un riesgo calculado. Puede que la historia no se repita, pero a menudo rima. Los sistemas evolucionan, pero persisten peligros fundamentales.
A pesar de los avances tecnológicos, los vuelos espaciales tripulados siempre conllevarán riesgos inherentes. Las lecciones de Challenger, Columbia y otros innumerables incidentes nos recuerdan que el progreso tiene un precio y que la vigilancia es la única constante en la búsqueda de las estrellas.

























