Suena horrible. “Los neumáticos chirriando, los cristales rotos, el grito doloroso que escuché por última vez”. El éxito de Wayne Cochran de 1961, “Last Kiss”, no se anda con rodeos. La letra describe a un joven que de alguna manera sobrevive a un accidente automovilístico bajo la lluvia, solo para encontrar a su amada muriendo en sus brazos. Él levanta su cabeza. Ella dice: “Abrázame, cariño, sólo un ratito”. Él la besa por última vez y se da cuenta de que extrañará el amor que pensaba que era suyo.
Podrías estremecerte. O podrías reírte disimuladamente. Sin embargo, esta sombría narrativa no fue una anomalía. Fue parte de una ola cultural masiva conocida como discos de la muerte. No eran sólo canciones tristes; Eran un género específico de tragedia adolescente que dominó las ondas de radio de la década de 1960.
Ken Jennings y John Roderick se sumergen profundamente en este extraño rincón de la historia de la música en un episodio de Omnibus. Jennings, el récord de “Jeopardy!” campeón, y Roderick, un músico experimentado, analizan estas curiosas historias. Su trabajo pone de relieve cómo las canciones pop morbosas se convirtieron en un auténtico fenómeno.
Los orígenes de la melodía morbosa
La tendencia no comenzó en 1961. Comenzó en 1959 y 1960. “Teen Angel” de Mark Dinning y “Tell Laura I Love Her” de Ray Peterson llegaron a las ondas de radio como las primeras entradas importantes de este género. A medida que avanzaba la década, las canciones se volvieron más oscuras y variadas.
Los Everly Brothers lanzaron “Ebony Eyes” en 1961. John Leyton siguió con “Johnny Remember Me” ese mismo año. En 1964, Shangri-Las tenía “Leader of the Pack” y en 1967, Bobbie Gentry lanzó “Ode to Billie Joe”.
Estas canciones trascienden géneros. Los accidentes automovilísticos fueron la causa más común de muerte de los personajes. Pero el final solía ser el mismo. Una súplica por el amor eterno. Un interludio hablado a menudo precedía al coro final, añadiendo una capa de tensión dramática que los radioescuchas ansiaban.
¿Por qué la fascinación por la muerte adolescente?
¿Qué impulsó este espantoso interés? Algunos apuntan a la era del jet. A principios de la década de 1960, los viajes aéreos se volvieron accesibles para más estadounidenses. Con esa accesibilidad vinieron tragedias de alto perfil. El más famoso fue “El día que murió la música” de 1959. Buddy Holly, Ritchie Valens y The Big Bopper murieron en un accidente aéreo. Sacudió la industria de la música hasta sus cimientos.
Luego estaba James Dean. El actor murió en un accidente automovilístico en 1955 cuando su carrera se disparaba. Estos acontecimientos hicieron que la muerte prematura pareciera real. No fue sólo algo que sucedió en las películas. Les pasó a las estrellas. Le podría pasar a cualquiera.
El atractivo de lo prohibido
Las canciones eran oscuras. Estaban nerviosos. La BBC prohibió muchos de ellos, etiquetándolos como “platos de salpicaduras”. Esta no fue solo una crítica casual. Fue una condena oficial.
Cartas al editor de la revista Seventeen se quejaban de que una “jovencita decente” no debería escuchar esas cosas. Prohibir algo siempre lo hace más atractivo. Especialmente a los adolescentes. La prohibición no detuvo las ventas. Los alimentó.
El capitalismo impulsa la tragedia
Aquí está la verdad poco sexy. La razón principal por la que los discos de la muerte se hicieron tan populares fue el simple capitalismo. Las primeras canciones oscuras impresas en vinilo fueron grandes éxitos. Los sellos discográficos vieron las cifras de ventas. Otros cantantes y compositores comenzaron a emularlos para sacar provecho.
No fue una declaración cultural profunda. Fue una decisión de negocios. El mercado respondió a la demanda de narraciones dramáticas y de alto riesgo.
Un eco persistente
La fascinación por la muerte en la música no terminó en la década de 1960. Evolucionó. El Dies Irae, un canto mortuorio medieval en latín, ha estado entretejido en bandas sonoras de películas durante siglos. Sergei Rachmaninoff lo utilizó ampliamente. Puedes escuchar su influencia en “Qué vida maravillosa”, “El exorcista” e incluso en “El rey león”.
Todavía vemos cómo chocan los coches. Todavía escuchamos el cristal romperse. El formato ha cambiado. La tragedia persiste.
